jueves, noviembre 12, 2009

"Pequeño decálogo sobre las generaciones literarias de Puebla"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 11/11/09)

0. En Puebla no existen generaciones de escritores, existen grupúsculos literarios que devienen en pequeñas escuelitas, donde los alumnos son enseñados a pensar conforme sus maestros desean que lo hagan. Se ha acabado la autonomía del pensamiento y hemos abrazado a las escuelas dictatoriales.
1. La literatura hecha en Puebla carece de posturas públicas, artísticas y políticas, en cambio está llena de vedetismo.
2. Los alumnos que toman talleres literarios con las pequeñas glorias locales, rara vez podrán aspirar a la proyección nacional, su lugar está asegurado en alguna editorial como Lunarena, Ediciones BUAP y similares.
3. Los escritores poblanos son todo menos eso. Han dejado de buscar la obra que los defina y optaron por la persecución del hueso cultural; contradictoriamente en la prensa escrita y radiofónica se dedican a develar todos los defectos del pesebre que les da de comer. A un lado han dejado la propuesta y se dedican a la calumnia como deporte local y popular.
4. Dos mandamientos parecen permear en los grupos literarios: odiarás al otro grupo por sobre todas las cosas y, criticarás a capa y espada a toda aquél que apueste por la publicación en editoriales transnacionales. Pareciera que la verdad que buscan proclamar, es la siguiente: los escritores que publican en y para Puebla, valen la pena ser leídos, los otros no.
5. Cada escritor suele moverse por la conveniencia o la obligación. Todos padecen de la contradicción y aquellos que cuentan con una postura improstituible, son tachados con adjetivos discriminatorios.
6. Cada editorial poblana suele crearse para publicar a aquellos autores que no han sido aceptados por las editoriales de peso a nivel nacional. Mientras en las editoriales nacionales el filtro pareciera ser de calidad, en las locales la amistad es un factor estético y crítico muy importante.
7. Las revistas y/o suplementos literarios en Puebla a veces sacrifican la calidad estética en pro de la difusión.
8. Amarás a Alejandro Meneses y su noble escuela por sobre todas las cosas.
9. Ha ocurrido lo que más se temían otros escritores y lo que menos quisieron aceptar los escritores locales: la Literatura murió y la mataron, cada uno de ellos, con sus excesivos paternalismos; con su terquedad por superar a Borges, Cortázar, Pitol, Fuentes y compañía; y con su excesiva necesidad por acabar con el otro y su literatura.
10. El problema de la literatura hecha en Puebla, quizá lo resuma bien Cortázar: “Lo que pasa es que se creen sabios -dice de golpe-. Se creen sabios porque han juntado un montón de libros y se los han comido. Me da risa, porque en realidad son buenos muchachos y viven convencidos de que lo que estudian y lo que hacen son cosas muy difíciles y profundas[1]”.

[1] Cortázar, Julio. Cuentos Completos. Punto de lectura. Buenos Aires. 2007. Cuento: El perseguidor. Página 328. Tomo I.

Salvador Plascencia

Diario Milenio-México (10/11/09)
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Si se busca información en internet sobre Salvador Plascencia, lo primero que se encuentra es la siguiente frase (en inglés): “Escritor americano nacido en Guadalajara, México, en 1976”. Si se toma en cuenta que para casi todos los estadunidenses ser americano no significa haber nacido en algún lugar del continente, sino ser originario de Estados Unidos de América, no deja pues de ser extraño que un escritor “americano” haya nacido en México. ¿O lo es? Esta es una de las preguntas que le he planteado a algunos escritores angelinos que están planeando asistir como invitados de honor a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara este año. Lo que sigue es, fundamentalmente, el inicio de un diálogo que con toda seguridad continuará en toda su riqueza y complejidad en las salas de eventos y en los pasillos y demás circunstancias de la feria. Por lo pronto va aquí una breve introducción, a través de la conversación y la entrevista, al trabajo y visión del mundo de uno de ellos.
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Salvador Plascencia llegó a El Monte, California, a los 8 años y, desde entonces hasta la publicación de su primer novela The Paper People/Gente de Papel (McSwweneys, 2005), ha desarrollado una vida binacional y bicultural alrededor de un trabajo escritural que se plasma sobre todo, si no es que exclusivamente, en inglés. Una licenciatura de Whittier Collage y, luego, un MFA de la Universidad de Syracuse, le permitieron entrar en contacto con escritores experimentales que en algo han influido en un temperamento ya de por sí aventurero y fronterizo. De ahí que su primera novela, que en sus propias palabras es acerca de “la intimidad y las limitaciones del papel”, tenga entre muchas virtudes el haber incorporado “el tema, la metáfora y la trama a las hojas que tienes en tus manos. El tópico hizo imposible que ignorara la anatomía material de la novela, así que introduje todos esos elementos en el libro y traté de explotar al máximo la tecnología de la impresión de hoy”.
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Ciertamente, al recorrer las páginas del libro es fácil encontrarse capítulos enteros escritos a la manera de columnas y, en el caso de la primera edición publicada por McSweeneys, bloques en tinta negra y agujeros reales en las hojas. “Siempre estoy buscando”, asegura Plascencia, “los poros entre los géneros, la parte en la que un hoyo de gusano puede convertirse en un puente entre la novela de detectives y uno de los océanos de Melville. Estoy consciente de que hay grandes esfuerzos por parte de la promoción de mercado y torres de disertaciones de doctorado tratando de codificar los escritos en géneros específicos pero yo no creo que esa clase de pureza exista”.
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Esta actitud coloca a Plascencia en una especie de umbral entre el escritor chicano y el experimental, términos que hasta hace muy poco solían aparecer en espacios no sólo distintos, sino incluso opuestos. “Como un México-Americano que trata de publicar en los Estados Unidos, siempre me topo con la tácita expectativa de que, como narrador minoritario, estoy de alguna manera ‘sirviendo a la raza’. La idea generalizada es que nuestro trabajo es testificar, protestar, corregir la historia. Por eso, usualmente nos acogen o nos rechazan como actores políticos pero a menudo a costa de nuestro arte. Esta presión viene, por cierto, tanto de nuestras comunidades como de las editoriales y en general del público lector. Es un peso que suele distraer pero yo no he querido que el mundo de mi imaginación sea afectado por esta obligación no expresada.”
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De cualquier modo, tal como lo expresa Plascencia, la definición misma de lo que es un escritor o un libro Chicano ha cambiado tanto que, en estas fechas, “mi novela chicana favorita fue escrita por un Dominicano”. Sin querer aparecer como un guión de “culture clash”, Plascencia asegura que “los libros chicanos que [lee] son escritos sólo de manera circunstancial por chicanos. Los escritores que vienen a la mente incluyen a: Michael Jaime Becerra, Nina Marie Martínez, Joe Loya, Felicia Luna Lemus”. En su manera de ver, “hay en efecto una literatura que utiliza Spanglish, tal como hay una literatura que usa la metáfora o la metaficción sin que ello garantice que esas técnicas formen sus propios géneros”. Las mezclas inesperadas y el afán por ir más allá del orden aparentemente natural de las cosas lo llevó, pues, a autodenominarse como escritor experimental, un apelativo que a bien tuvo liberarlo, casi “mágicamente”, dice sin ocultar el guiño adverbial.
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Seguramente es por todo eso que su posición frente a un término que en México, y en cierta medida también en Estados Unidos, suele tratarse con suspicacia cuando no con desdén, sea tan relajada. Dice: “¿Es el experimentalismo más sospechoso que el realismo? Yo desconfío de cualquier estética que se vea a sí misma como el orden natural de las cosas, una especie de poder hegemónico dictando las reglas de lo que queda dentro y lo que está en los márgenes. De hecho, con frecuencia creo que esta dicotomía entre el realista y el experimentalista no es más que un rumor, una pelea que nadie tiene efectivamente. Te digo esto porque, primero, nunca estoy seguro de quién es el experimentalista y quién el realista. James Baldwin rompe el mundo en dos oraciones; Borges los reconstituye en tres. Cualquier cosa que estén haciendo, ya sea como experimentalista o realista, eso desafía la física del universo y a mí no me importa cómo lo hacen, siempre y cuando pueda tenerlo en mis manos para leerlo. ¿Qué me puede importar a mí la tarjeta de membresía que portan?”
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Eso sí, al preguntarle por el futuro de español en las prácticas de escritura en el sur de California no duda en responder: “¿Cómo podría no haber un futuro en español? Cada lunes en la mañana tengo que caminar a cuatro diferentes puestos de periódicos para poder encontrar un ejemplar de La Opinión, que sigue agotándose a diario mientras que el L. A. Times sigue ahí, acumulando polvo”.

domingo, noviembre 08, 2009

Visitando el siglo XIX- (El universal/ Opinión 08/11/09)

Siglo lleno de contradicciones y debates. De la invención del país por sus élites letradas y económicas. Son los criollos, y luego las élites dominantes, con nuestra tentación decimonónica a la dictadura, quienes detentan el poder, inventando el concepto de nación. Su primera actividad consistió en legitimarse en ese poder ahondando en la diferencia: se estaba dispuesto a ser europeo, no español. El mismo discurso de Bolívar —y Sarmiento— de otras latitudes está inmerso en esta esquizofrenia.
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Nuestros patricios, por un lado, tienen que educar a esos bárbaros que son sus coterráneos. Por otro, los valores europeos son su única referencia. Inventar el país exigía negar la Colonia; operando una doble retorsión discursiva inauguraron el presente como su único tiempo posible. Un presente tan lábil y veloz que permitía inventar o reinventar al país en dos años. Santa Anna es una figura epigonal de este andar. Pudo ser centralista y federalista casi al mismo tiempo, amigo y enemigo. Y cuando el discurso dejaba de tener valor se recluía por meses en su hacienda de Veracruz esperando a que una nueva vuelta de tuerca lo regresara al poder, su única palabra verdadera.
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Si lo que caracteriza el paisaje americano es su exotismo y con el discurso apelo entonces a mi cultura para domeñarlo, yo americano retuerzo mi diferencia en un giro letal que alcanzará sus más altas expresiones con la ebullición romántica tan contradictoria de un Altamirano. Dando la espalda a España, los latinoamericanos —término galo— voltearon a Francia y construyeron el discurso de la identidad en vilo.
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En juego estaba nuevamente la hegemonía del discurso y su poder. La cultura dominante (la hispanidad colonial expulsada), los elementos marginales (indígenas y africanos), las importaciones de culturas nuevas (Inglaterra y Francia) y las identidades nacionales sufren un reacomodo. Había que empezar de cero. En ese reacomodo se jugó una de las cartas más importantes de nuestra historia, apostando por una cultura unitaria, marginalizadora. El ideal americanista de Bolívar en su Carta de Jamaica encierra la necesidad de aquel ideal nacional, instaurando uno de los mitos de la modernidad. No hay que perder de vista, sin embargo, lo que afirma Bolívar Echeverría, al pensar que la nación moderna saca su derecho a existir de la empresa estatal que una sociedad de propietarios privados pone en marcha en torno a un conjunto determinado de oportunidades monopólicas para la acumulación de capital.
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Y esto se hizo en toda América: la acumulación de capital simbólico y la detentación del poder que le va aparejada. El caso de Sarmiento y de Alberdi en Argentina es significativo: hablan de recolonizar al país, de ser los nuevos europeos de América. Durante el siglo XIX se buscó esa integración mediante la renominalización: la Hispanoamérica de Bolívar, la Latinoamérica de los sucesivos congresos del mismo nombre (1847, Lima; 1856 y 1864, Chile) y que fundó el arielismo de Rodó pero que le debe mucho a la política expansionista de Napoleón III, y a la Iberoamérica, la Panamérica y la Indoamérica que no alcanzaron estatus integrador como las otras.
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Podemos agrupar los diversos proyectos nacionales en tres grandes ejes: el proyecto de organización nacional (conservador oligárquico que pretende el mismo sistema colonial de prebendas sin la dependencia con la metrópoli); el liberal-criollo (contra el mestizaje y la barbarie); el tercero puede denominarse liberal-mestizo (el de Justo Sierra en México o el de Martí en Cuba).
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Ese tercer proyecto, sin embargo, no estaba sustentado en una burguesía orgánica por debajo de la oligarquía y pagó caro el costo de la industrialización, en la que apostaba su proyecto modernizador con capital extranjero. El origen de nuestras nacionalidades es una tensión que no ha podido ser superada porque se apostó por un proyecto urbano de élite y se marginó cualquier otro discurso. En el tránsito del romanticismo al positivismo se afianzan las tres preocupaciones fundamentales de Bolívar: la valoración del pasado, la cuestión de la identidad continental o el ideal americanista y la formación de los estados nacionales. Por ello, es necesario comprender cómo se articularon las formaciones sociales y económicas con las discursivas en el siglo XIX y la dislocación entre ideología y práctica social; porque se negaba la Colonia por ser un pasado ilegítimo como para fundar en él las raíces de la nacionalidad y lo que se estaba haciendo era, en realidad, descalificar el propio discurso fundacional.
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El conflicto cultural del XIX es producto de la tensión entre el proyecto de las élites enamoradas de la modernización y de la Europa industrial o de EU, y el proyecto de la vasta mayoría de los latinoamericanos —otras élites no hegemónicas y las clases populares—, que perdieron la batalla ante los mitos de la urbanización, la industrialización y la modernización que, contradictoriamente, basaba su economía en el latifundio, la exportación y la dependencia. Adolfo Castañón ha pintado a este tipo de sujeto social latinoamericano: “En cuanto americano, ejercería doblemente su tarea ilustradora y didáctica en la tierra insuficientemente conocida donde la liturgia católica apenas si recubría los rituales, vestigios de hieráticas y crueles teocracias. Aquellas tareas ilustradoras y didácticas eran misiones de las que él mismo se había hecho cargo, enriqueciéndolas de paso con cierto espíritu de fundación”.
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Esta paradoja nos marca desde el inicio, desde la Nueva España en la que indios y españoles apenas convivían, a la no lograda unificación borbónica, al sueño republicano liberal triunfante con Juárez —después de habernos jugado el territorio y la fe entre centralistas y federalistas, masones y católicos, siempre con el sueño monárquico rondándonos como una pesadilla—, en el que todos quisimos ser iguales bajo la ley sin que se rompieran los privilegios de las élites. Esas élites que el porfirismo —y la revolución institucional, si se quiere— nutrió y protegió con su manto. Una culpa que está en no habernos visto, en no habernos reconocido en la diversidad, no en la unidad.
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En el México actual, desigual y fracasado, que se jodió, no podemos darnos el lujo de dejar de pensar y de actuar. No de dedicarnos al show del bicentenario. Nuestra élites quieren desperdiciar una fecha para el debate convirtiéndola en espectáculo mediático: y el puro día 16 de septiembre de 2010 nos va a costar ¡60 millones de dólares!, que vendrán seguramente del ahorro de haber apagado la luz, a la fuerza…

sábado, noviembre 07, 2009

¿Que no ves que todos se están muriendo?-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 06/11/09)

Me hubiera gustado no ser agramatical (y es que lo correcto habría sido decir “todos están muriéndose”). De hecho, me hubiera gustado no ser histriónico, no parecer histérico, no violentar a mi mujer, no ponerme a gritar como un loco, no hacerlo, sobre todo, en la vía pública, no convertirme de súbito en un señor desquiciado que peroraba fatalidades a grito pelón, sobre una banqueta de 5 de Mayo. Pero ése –¡ay!– fui.
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Era un sábado de agenda repleta. A las dos debía asistir a San Ildefonso para entrevistar a un fotógrafo de imágenes sorprendentes que terminó por depararme una sorpresa adicional (y malhadada) al resultar no sólo imbécil sino de una impuntualidad francamente majadera. A las cuatro llegué, con una hora de retraso y un genio de los mil demonios, al restaurante Mercaderes, donde, por arrojarme a los brazos siempre amorosos de Eunice, cometí el dislate de no saludar a su ginecólogo, sentado por absurdo azar del destino en la mesa contigua. (A la fecha no me arrepiento: un hombre decente no es gentil con quien conoce las oquedades de su esposa acaso mejor que él mismo.) No comí: me atraganté un plato de cualquier cosa –y eso que la cocina del Mercaderes me gusta– mientras mi mujer, que a esas alturas había llegado ya al café en humillante soledad, escuchaba lo mejor que podía mis ansiosas incoherencias.
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Se nos hacía tarde. Teníamos que pasar a visitar a mi abuela, en convalescencia simultánea de una peritonitis subproducto de cálculos vesiculares y de una fractura de cadera, antes de que la mujer que conduce mi vida (y mi coche) me depositara en el hospital, donde mi programa era pasar la noche en vela junto a mi padre, a quien recién no sólo le había sido practicada una doble angioplastía sino que le había sido instalado un adminículo híbrido (¡es marcapasos!, ¡es desfibrilador!, ¡hoy-las-ciencias-adelantan-que-es-una-barbaridad-es-una-brutalidad-es-una-bestialidad!) para paliar su insuficiencia cardíaca (su corazón es made in China le digo, después de dos infartos y cuatro stents) y su concomitante hipertensión pulmonar. De ello, por supuesto –de ese cuadro triste y preocupante, a mi entender de entonces funesto, y no de la grosería del fotógrafo conmigo o de la mía con mi mujer, con su ginecólogo o con las enchiladas del Mercaderes–, derivaba mi casi inmanejable ansiedad.
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Pagamos la cuenta, salimos, pedimos el coche, todo mientras yo proseguía mi monólogo a un tiempo doliente e irritante, puntuado apenas por los vanos intentos de Eunice por calmarme. Fue entonces que proferí la frase incriminatoria –recordémosla en su melodramatismo galopante, en su pathos al agua, por así decirlo–: “¿Qué no ves que todos se están muriendo?”. (Si no me asaltara el pudor tipográfico yuxtapondría a las interrogaciones largas filas de admiraciones, ya sólo para sugerir mejor al lector lo desbordado de mi angustia… y de su formulación.) Ella, lógica, me recordó que no, que ni mi abuela ni mi padre se encontraban ya en trance de muerte, que por fortuna convalescían. Yo, patológico, le repliqué que no me refería a ellos sino a todos: ella, yo, el señor del valet parking, los transeúntes que me observaban con azoro, todos estábamos muriendo.
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Esa angustia de muerte –a propósito de ella pero, hipérbole mediante, también susceptible de provocarla–, me llevó al diván del psicoanalista, donde dos veces a la semana vierto mis cuitas, discuto sobre Octavio Paz y Albert Caraco (se trata, por fortuna, de un psicoanalista culto) y me esfuerzo porque mi formulación, estrictamente cierta, no me resulte tan agobiante. Enfrentado a problema más o menos idéntico aunque peor –el proceso de decadencia física y eventual muerte de sus padres–, Rafael Pérez Gay, mejor escritor y acaso mejor neurótico (todos los somos) que yo, se puso a escribir una novela, recién publicada por Planeta bajo el título de Nos acompañan los muertos. Como literatura es notable: catálogo de digresiones, de paseos, viene y va de la merma de quienes le dieron la vida a la de la ciudad que lo vio nacer, de las pesquisas históricas (¡cómo no!) a las psicológicas, todo mientras el whisky (single malt, claro) anega su garganta y sus penas y el agua –la muerte es una inundación de dolor– todo lo demás.
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Y como elaboración de duelo –a priori como a posteriori– es mejor: todos estamos muriendo; nos acompañan los muertos mientras morimos nosotros, muertos que acompañaremos a la siguiente generación.

Alda Merini (1931-2009)

Diario Milenio-Puebla (05/11/09)

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Llegué a conocer la poesía de Alda Merini a través de la psiquiatría. Más exactamente, a través de un ensayo que hablaba de algunas grandes personalidades destacadas en el arte italiano que habían caído en las garras de la locura y del manicomio, visto como una institución de la violencia.
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En el remoto 1978 se había traducido ya parte de la poesía de Alda Merini al castellano, y entonces me di cuenta que los viajes a través de la locura (recuérdese el caso de Mary Barnes, tan estudiado por David Cooper) pueden darse, percibirse y sentirse gracias al quehacer artístico. Mary Barnes, por ejemplo, descubrió que podía pintar cuadros magistrales utilizando sus propias heces fecales.
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El caso de Alda Merini es singular: desde muy joven supo, se dio cuenta y trató de salir de ese túnel, que algo en ella se movía por dentro y que la llevaba de la melancolía a una “distorsión de la realidad”. Entonces para tratar de no llegar a las profundidades del túnel, decidió estudiar piano y escribir poesía. Así, con el tiempo Alda Merini se convirtió en la poeta más importante de Italia. En 1974 estuvo internada en un hospital psiquiátrico.
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Nacida en Milán, Alda Merini escribió siempre sobre la marginación, sobre los desposeídos y los considerados “anormales”. Está por demás decir que hasta su muerte logró ser fiel a lo que verdaderamente creía. Una de sus últimas fotos la muestra con un grueso abrigo negro abierto y mostrando a la cámara sus pechos. Su mirada firme, como dos destellos de una rara inteligencia, de una extraña percepción de las cosas, del mundo.
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Quizá por eso me interesó en aquel momento la escritura de Alda Merini. La leí en las páginas de una revista que se editaba en Barcelona y luego (no creo en la casualidad) leí uno de sus poemas en una revista de especialidades médicas mientras esperaba la consulta de un neurólogo.
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Razón tuvo Dario Fo al proponerla al Premio Nobel de Literatura en 1996. En un escueto comunicado de prensa se informa recientemente que Alda Merini falleció el 1 de noviembre en un hospital de San Paolo de Milán. Entre sus obras destacan “La urraca ladrona”, “La otra verdad. Diario de una distinta”, “Delirio amoroso”, “El tormento de las figuras”, “Vacío de amor”, “Amores en torno a Titán”, “Sueño y Poesía”, “La loca de la puerta de al lado” y “Baladas no pagadas”. Fue galardonada con los premios Librex-Guggenheim Eugenio Montale, Vareggio y Procida-Elsa Morante, entre otros.

miércoles, noviembre 04, 2009

"Contra los no fumadores"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 04/11/09)

Tumbona ediciones, dentro de su colección Versus, presenta en el round número 7 a Richard Klein con el ensayo “Contra los no fumadores”, que en realidad es un fragmento de su libro “Cigarrettes are sublime” (Duke University Press, 1993) y ha sido definida como una historia cultural de los cigarrillos; traducida a 14 idiomas. La traducción de lo que Tumbona presenta corrió a cargo de Pablo Duarte.
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Richard Klein (USA., 11 de abril de 1941), es profesor de literatura francesa y de antropología en la Universidad de Stanford (California). Durante muchos años ha sido editor de “Diacritics”. Autor de la novela “Eat Fat”, está salpicada de una crítica especial sobre temas sociales más contemporáneos; también ha escrito “The Dawn of Human Culture”, “Jewelry Talks”, una novela de ficción acerca de la joyería en siglo XIX y principios del siglo XX.
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Esta pequeña convidada que Tumbona ofrece sus lectores es muy rica y atractiva. Contrario a lo que el lector pudiera pensar Klein nunca ataca al no fumador, lo que crítica es la postura de los gobiernos ante los fumadores y la pésima forma de combatir la adicción al tabaquismo. Entre tantas posturas que crítica y quizá la más interesante es esta campaña constante donde los gobiernos informan a través de un montón de campañas de salubridad de lo dañino que es el tabaco, sin embargo la gente sigue fumando. Klein explica que eso es lo que hace atractivo fumar: lo prohibido, el peligro de muerte; si fuera saludable, nadie fumaría.
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Klein argumenta que la vida diaria está llena de rutinas banales y que fumar viene a romper ese tipo de rutinas, además fumar es una forma de expresión y una postura ante la vida, y a estas alturas hasta una consigna política porque las campañas de antitabaquismo no lo combaten, más bien censuran al fumador en pro del “bienestar vital de la sociedad”. Entre otras cosas Klein deja ver que el fumar es algo así como un mal social necesario, pues define a la misma sociedad, es parte ya de la cultura, inclusive gente como Machado le ha escrito versos al cigarro.
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Y de cualquier manera, como dice aquél viejo dicho, el que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe. Este libro aporta y ofrece una perspectiva interesante y controversial a esta lucha que los gobiernos han emprendido contra el cigarro. Sin duda alguna, vale la pena que se acerquen a este libro.
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Dos invitaciones, dos
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Viernes 6 de noviembre: Conferencia Magistral del escritor Pedro Ángel Palou García: “Bienvenidos los bárbaros; el fin de la literatura”, 11:00 horas, en la Biblioteca Palafoxiana.
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Sábado 7 de noviembre: Segundo Panel de Escritores. Tema: Las generaciones y la literatura: coincidencias y diferencias. Participan: Alfredo Godínez Pérez, José Luis Prado, Rubén Darío Zeleny, José Luis Oviedo Rodríguez y César Pérez; 9:00 horas en la Casa del Escritor

martes, noviembre 03, 2009

Nótese el plural

Diario Milenio-México (03/11/09)
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De vez en cuando, pero con una puntualidad pasmosa, ciertos sectores de la crítica literaria mexicana se dan a la tarea de decretar, de nueva cuenta, la muerte de la escritura experimental. Eso, claro, cuando esos sectores de la crítica literaria amanecen de buenas y admiten, en un acto de augusta flexibilidad y bajo el sol que ilumina el sur de la Ciudad de México, que tal cosa, cualquiera cosa que el término escritura experimental designe, existe. Las vanguardias, conjeturan, tuvieron lugar a mediados del siglo XX y allá están bien. Además, para ser francos eso (cualquier cosa que eso sea) es asunto de la poesía y no del serio quehacer de la narrativa, cuya tarea es “contar”. Nostalgia retro. Juegos de decoración. Privilegio frívolo de la Forma sobre el Contenido. Pírrico triunfo del intelecto sobre la emoción. El Último que Verdaderamente lo hizo, si es que lo hizo (si es que eso puede ser hecho), argumentan en un afán casi comprensivo, fue Salvador Elizondo. Los textos de esos ciertos sectores de la crítica literaria mexicana en general tienen la apariencia de conminar a la muy alta práctica de la pureza artística o gramatical, pero en realidad no son más que llamados a la conformidad. Porque, dicho sea con todas las palabras juntas, ¿qué escritura que es, no es experimental?
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Habrá que empezar esta serie de párrafos recordando el nombre de nuestro gran experimentalista: Juan Rulfo. Anclada en el corazón mismo de la literatura moderna mexicana brilla esa novela publicada en 1953 que, entre otras cosas, descartó a la anécdota y a la verosimilitud como ejes rectores de una tarea que bien puede ser descrita con una diversidad de términos excepto con el verbo “contar”. Habrá que decir que, justo como lo recordara Jorge Aguilar Mora en un ensayo memorable, a Pedro Páramo la precede otro librito “raro” por fragmentario e híbrido: Cartucho de Nellie Campobello, y lo circundan (esto ya no lo dice Aguilar Mora, por cierto) los experimentos narrativos (clasificados de antemano como menores) de los Contemporáneos. Y, luego, ya entrados en gastos, habrá que recordar los juegos híbridos del lenguaje de Juan José Arreola y las novelas que publicó por allá de la década de los 70 Julieta Campos, desde El miedo de perder a Eurídice hasta Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina, y la primera etapa narrativa de Héctor Manjarrez. ¿Y cómo se le podría denominar a ese temprano ejercicio entre la autobiografía y el balazo periodístico que llevó a cabo Silvia Molina en La mañana debe seguir gris? ¿Y dónde colocar sino en la veta de la búsqueda radical la última etapa de búsqueda del delicioso (porque además era de Delicias, Chihuahua) Jesús Gardea?
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Ahora el asunto de la Forma. ¿Hay alguien que escriba, que verdaderamente escriba quiero decir, dispuesto o dispuesta a admitir en público que no tiene trasiegos con La Forma? ¿A inicios del siglo XXI existe alguien que escriba, pero que verdaderamente escriba o quiera escribir, dispuesto a argumentar en público que en la escritura la Forma y el Contenido son cosas distintas? Porque una cosa es que ciertos sectores de la crítica literaria mexicana gusten de presentar una forma narrativa dominante (lineal o fragmentaria pero definida por la anécdota, por una relación representativa con el referente y, luego entonces, con la mimesis y la verosimilitud, y por una noción explicativa de las funciones del párrafo e incluso de la oración) como un constructo “natural” y otra muy distinta es que lo sea. Una cosa es, pues, que se le asigne al escritor la penosa tarea de repetir, cada vez con una perfección creciente (a eso se le denomina estilo), modelos aceptados (y bien reseñados en la prensa local), y otra muy distinta es que ese escritor o escritora se de a la tarea de lidiar crítica y lúdicamente con tradiciones plurales y contenciosas y concomitantes respecto a las cuales, o junto a las cuales, tendrá que tomar decisiones que por pertenecerle a la escritura le corresponden, luego entonces, a la vida (o, si el riesgo es grande, como debe de ser, a la muerte). Nótese el plural.
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Y viene el asunto, por supuesto, de la emoción. Pregunto: ¿Es el desconcierto una reacción emotiva? ¿La irritación? ¿La estupefacción? ¿El extravío? Me parece que cuando esos sectores de la crítica literaria acusan a textos experimentales de abdicar de la emoción, se refieren, en realidad, a las emociones de la identificación más comúnmente asociadas al melodrama. Puesto que las practico a diario no tengo nada personalmente en contra de ese tipo de emociones, pero admito que ésas sólo son unas cuantas en el espectro amplio, vastísimo de hecho, de conexiones íntimas que produce un texto. Que ciertos lectores quieran experimentar sólo ese tipo de emociones identificatorias una y otra vez, de manera cada vez más depurada (a eso se le llama estilo), no quiere decir, o no tiene que decir, que no sea legítimo o deseable que otros lectores busquen y produzcan otro tipo de emociones, llamémoslas desidentificatorias para mantener la simetría del argumento. ¿Será posible pensar que no todos los lectores van hacia el libro para enunciar el ¡eureka! proverbial del sí mismo y que existen aquellos deseosos de ver a otro desconocido en el espejo turbio y artificial de la página?
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Me intriga, por cierto, que no pocos críticos y, de hecho, algunos escritores se manifiesten a favor de estrategias de escritura que ocultan a la escritura. Tersa superficie, dicen. Que no se note la costura, dicen. ¡Tan real que parezca la vida misma! Me intriga, claro, porque usualmente lo que tenemos, lo ineludible, de hecho, es “la vida misma” y vamos (porque no creo ser la única ciertamente) hacia los libros no sé si por algo más allá o por algo más acá, pero sí en definitiva por otras cosas (nótese el plural).

lunes, noviembre 02, 2009

Aquiles calza Vuitton

Diario Milenio-México (02/11/09)
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Suertudos de siete suelas
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Hablemos, pues, de tenis. Es un tema de moda sobre el que casi todos sabemos algo. Recuerdo que en la prepa eran fundamentales, toda vez que pasados los quince años aún teníamos que vestir uniforme y la única diferencia se expresaba en los tenis. Yo atesoraba unos Adidas Stan Smith con los que me había hecho durante un viaje —nada fácil me fue convencer a mis padres de comprarme unos tenis de piel—, pero había compañeros que los tenían de todas las marcas y no paraban de estrenar modelos. Dado que allí estudiaban decenas de hijos de políticos encumbrados, no era raro que algunos midieran la fortuna de los padres por los tenis que calzaban los hijos. Que varios entre aquellos políticos fuesen públicos enemigos del dispendio y la desigualdad no parecía una contradicción, sino incluso al contrario. Uno daba por hecho que a los hijos de la Familia Revolucionaria les había hecho justicia la Revolución, y cuando iba a sus casas hallaba natural la proliferación de choferes, sirvientes y guaruras, tanto como la convivencia de los símbolos patrios con el fruto de un largo shopping planetario, allí donde inclusive los clavos y tornillos eran de rigurosa importación.
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Nunca tuve decenas de tenis importados, pero algo sé de marcas y calidades. Entiendo que es posible comprarse unos buenos Fila por 50 o 60 dólares, unos Ellesse de piel por 90 o 100, unos Le Coq Sportif a todo lujo por algo más de 150; no hace mucho vi en internet que los Adidas Porsche Design se dejaban llevar por doscientos. En tiendas mexicanas, unos tenis que aspiren a ser envidiables rara vez atraviesan la frontera de los tres mil pesos, y en tal caso no sirven para mejor deporte que la ostentación. La idea no es correr, como apantallar. Cuando, hace pocos días, en estas mismas páginas, supe de la existencia de unos tenis que rondaban los novecientos dólares, y que había quien principescamente los llevaba nada menos que en una marcha obradorista, el asombro se me hizo carcajada. Si esos tenis de verdad existían, tendrían que hacer juego con un Ferrari Spider de 300 mil dólares. ¿Cómo no rebelarse, pues, contra la carestía?
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Para ponerse agujeta
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A diferencia de sus mil doscientos amigos de Facebook, sé muy poco de Andrés Manuel López Beltrán. Hasta donde leí, es uno de esos juniors alivianados que sobrelleva con sentido del humor la popularidad de su padre. Nacido en 1986, contaba 14 años cuando aquél gobernaba ya la Ciudad de México; es seguro que ha vivido toreando los halagos, falsedades y envidias de una nutrida corte de amistades untuosas, que lo creen o lo saben adinerado y poderoso. “Deja que se te suba l’aguila y se te alborote la serpiente”, aconseja el amigo al hijo del presidente en Todas las familias felices, de Carlos Fuentes, y de sobra sabemos qué tantas desmesuras se cometen al amparo de una serpiente alborotada.
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Se dice que entre sus amigos online, a Andrés junior se le conoce por un apodo pícaro, dada su circunstancia: Popis. Muy joven para haber conocido la vetusta campaña publicitaria de El Taconazo, que decía ofrecer “los zapatos más popis a los precios más jipis”, el amigable Popis confesaba en su Facebook el gusto por cumplirse guilty pleasures. Así, en inglés, para que los placeres parezcan más culpables y por lo tanto más satisfactorios. ¿Qué puede hacer el hijo de un poderoso líder de la izquierda institucional e intransigente para cumplir no sólo con las expectativas de sus amigos ricos o trepadores, sino también con las de la familia, los socios de papi y, ouch, la opinión pública? Por lo visto, el buen Andy se lo tomó tan campechanamente como pudo. ¿O no es verdad que la buena vida sirve precisamente para conciliar los extremos opuestos y campechanearlos? ¿Pero cómo evitar que eventualmente la simple buena vida termine convertida en La Gran Vida y le dé por hacerse notar?
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Put yourself in my shoes!
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No es posible calzar descuidadamente unos tenis Vuitton de 12 mil pesos. Se está consciente de ellos como de un Maserati convertible, más allá del caudal que se posea. Vamos, que Paris Hilton estaría muy al tanto. ¿Cómo no lo iba a estar quien se entretiene hablando de guilty pleasures, asiste a un mitin de obreros desempleados y es vástago de un puritano a ultranza? Creer que el bueno de Andy llevaba puestos distraídamente los tenis más domingueros del mundo sería tanto como asumir que posee varios pares en su ajuar y la cochera llena de prototipos. Tiene que haber alguna dosis de humor negro en el gesto sardónico de ponerse precisamente esos tenis, Los Tenis, para esa ocasión, y acaso paladear el deleite secreto de solidarizarse con los supuestos pobres mediante una discreta cachetada a la pobreza. Imaginemos ahora el obvio comentario de algún amigo al tanto de la osadía: ¡Te la jalaste, Popis!
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Hasta hace poco tiempo, los detractores de Papá Tartufo insistían en preguntarse de qué vivían él y su familia, cuando probablemente la cuestión espinosa era cómo lo hacían. Una de esas verdades ocultas con las que uno de pronto se divierte jugando hasta ya mero revelarlas, por el puro deleite de arriesgarse a que se venga abajo la ficción. También hay quienes gozan en especial de echarse un rapidito en un parque público o recetarse un pase al pasar por las puertas de la Procu. Por que al final el inocente de Andy no inventó las mentiras. Nadie jamás lo ha visto arengar multitudes con ellas, ni barajar calumnias contra sus detractores para ubicarse entonces en sus antípodas. Andy Jr. no ha hecho más que atreverse a llevar la verdad en sus zapatos, toda vez que muy pocos la conocen como él. Tal vez nunca sabremos cuántos domingos le han costado sus tenis o, why not?, cuántos tenis compra con un domingo, pero ya consta que nadie como él sabe jugar a la honestidad valiente.

jueves, octubre 29, 2009

Escritura, caca y resistencia-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 29/10/09)

En su “Prólogo” a la edición de Los imprescindibles (Cal y arena, 1998) de la obra de Gutiérrez Nájera, Rafael Pérez Gay hizo notar las sustanciales diferencias que existen entre la ciudad de México de los años 80 del siglo pasado y la imagen que inventó Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895) para que los capitalinos del Porfiriato reflejaran sus ilusiones de cosmopolitismo en ella.
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Existían un par de cafés y muy de vez en cuando se hacían bailes, había algunas calles distinguidas —San Francisco, Plateros, Cordobanes—; y un bazar de auténtico buen gusto. De ahí en fuera, la ciudad de México era pequeña y desordenada. Estaba llena de callejones pestilentes, mal iluminada, perpetuamente sucia, inundada por días durante los veranos y, en los veranos muy malos, por semanas. Estaban los billares de Iturbide y el Jockey Club, pero cuando algún capitalino de las mayorías se detenía a beber un trago, lo hacía, más bien, en las pulquerías que no dejaron memoria.
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La buena sociedad que para 1910 ya podía ser vista caminando por una ciudad con cierta clase, a fines del siglo XIX apenas salía a la calle en días regulares.
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En los artículos firmados con su nombre o publicados bajo alguno de sus seudónimos reconocidos, Gutiérrez Nájera escribía como un ciudadano liberal, responsable y decente. Cuando estaba montado en la máscara de una firma no reconocida o, sobre todo, utilizando las libertades que le concedían sus crónicas para “señoras” —que seguramente leían los señores—, podía ser un crítico fino y feroz.
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Nadie elaboró como Manuel Gutiérrez Nájera sobre las imágenes coprológicas tan a la mano en una ciudad que, por su topografía de cazuela, vivió azotada por la imposibilidad del drenaje. Sus víctimas podían ser cualquier persona, cosa o circunstancia.
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Escribió sobre Manuel Payno, por los días de su nombramiento como miembro de la Real Academia de la Lengua Española, bajo el seudónimo de Recamier: “Ese Fistol del Diablo se publicó por entregas dando provecho a los editores y el autor. Y es curioso saber cómo escribió esa novela. No tenía plan ninguno, se le olvidaban hasta los nombres de los personajes que ponía en juego y cuando iban de la imprenta a pedirle original, lo hallaban siempre sentado en un hueco cuyo nombre calló y que, por más señas, huele mal. Allí, entregado a dos ocupaciones simultáneas, escribía sobre una tabla puesta en las rodillas, la entrega del día siguiente.” Sobre el problema del aseo de la ciudad, también como Recamier: “Pero en las dudas, yo aconsejo a mis lectores que cuando miren la inmundicia, hállense donde se hallen, le den parte al gendarme. Y si no quieren dar parte, que lo den todo.”
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Gutiérrez Nájera fue un impertinente de clóset. Su prosa y sus poemas más leves —que luego se supo que eran modernistas—, eran desafiantes y archicríticos a pesar de las apreturas que le imponía un medio social provinciano en el que todos sabían quién era quién y en el que la autoridad del Estado, encarnado en Porfirio Díaz, no era ninguna abstracción.
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Si nunca se lo vio escandalizando en público, los desplantes estilísticos de su prosa de periodista le deben de haber concedido a su “dandysmo” tímido, católico y etílico las dimensiones de escándalo que tuvieron en París los romances interraciales de Baudelaire o la sabrosura gay de Oscar Wilde.
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Su impertinencia floreció en la crónica de sociales para señoras como en ningún otro de los géneros a los que dedicó su vida. Es ahí donde su cuerpo de dandy, sumado al veneno sutil de su prosa hábil en encontrar resquicios para la majadería y la franca injuria, lo revelaba como un enemigo sigiloso y paciente de la rigidez porfirista.
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En la soledad de su gabinete, rodeado de sus revistas francesas, protegido por el humo azul de sus cigarros y transido por la gracia del cognac, debió de pensarse como un personaje condenado al enfrentamiento con el Leviatán del Estado mexicano sin más armas que la provocación discreta y noble de una gardenia en el ojal del jaquet y un estilo literario esforzado y revolucionario.

Atrocidades en Nayarit / simplemente

Diario Milenio-Puebla (29/19/09)
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El viernes de la semana pasada, Ciro Gómez Leyva dio a conocer en Milenio TV lo que él llamó las imágenes exclusivas que dieron lugar a una investigación por parte de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos de Nayarit, donde se puede ver cómo cinco adolescentes que fueron sorprendidos presuntamente robando en una casa, son obligados a realizar, bajo golpes y amenazas, actos contra su voluntad que podríamos calificar como de una enorme atrocidad.
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Los jóvenes fueron luego encontrados desnudos en una colonia popular de Tepic, Nayarit. Sin embargo, de acuerdo a Nota Roja, un diario de circulación local, el hecho conmocionó a la ciudadanía y se conoció, a través del YouTube, a todos los niveles. El mismo viernes el video fue bajado de la Internet, por considerar la minoría de edad de los implicados y por instrucción de la Comisión de los Derechos Humanos de Nayarit, sólo que luego se volvieron a subir a la página electrónica.
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Abrevio la historia: de acuerdo a la primera información que dio Ciro Gómez Leyva, se supo que los preparatorianos, exhibidos al parecer en un lote baldío, fueron sorprendidos en la casa de un influyente personaje. En ese momento, Ciro Gómez Leyva dijo que dos de ellos estaban lesionados y que de los otros tres no se sabía de su paradero. Al poco tiempo se comunicó que los jóvenes habían sido sorprendidos por los propios dueños de la casa, quienes habrían grabado y subido a la Internet los videos. El lunes 26, el procurador Héctor Béjar presentó a los presuntos responsables de las vejaciones ante un ultimátum del gobernador Ney González. Dijo que gracias a una llamada anónima, los delincuentes fueron capturados en un bar mientras se jactaban haciendo alusión a los videos del YouTube. Ellos han rendido ya sus primeras declaraciones y no reconocen su participación en los hechos. Aunque se localizó a los familiares de uno de los afectados, éstos no quisieron hablar para no empeorar las cosas.
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Esta atrocidad no se ha resuelto y sigue abierta.
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¿Quién subió los videos al YouTube con el fin de que recibieran una lección ejemplar quienes “por ratas se volvieron jotos”? Los videos muestran a los adolescentes siendo torturados, indefensos, física y psicológicamente por sus captores.
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Ellos, los jóvenes, son obligados a golpes a presentarse ante la cámara, dicen su nombre y dónde estudian y luego son obligados a besarse en la boca en medio de una gruesa voz: “acá, dale un beso, ponte en la luz; de lengüita, cabrones jotos, no los veo…” Y los muchachos obedecen y dicen todo el tiempo: “sí, señor”. Aún hay cabos sueltos y la investigación no concluye. Según el procurador, hace falta la denuncia.

miércoles, octubre 28, 2009

"Anacreonte rescatado"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 28/10/09)

Hace no mucho conocí a la casi novísima editorial Textofilia. El primer libro que pude ver de esta editorial fue “Poemas de la mano izquierda” de Luis M. Verdejo, dicho poemario contó con la complicidad editorial de otra reciente editorial: La pirámide –proyecto del que pronto les hablaré-. Ahora en mis manos tengo “Poemas y fragmentos” de Anacreonte (Textofilia 2009) que aparece bajo la colección Ión, bella edición que corrió a cargo, en su traducción, introducción y notas, de Mauricio López Noriega que además de ser Doctor en Letras clásicas, es poeta.
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Anacreonte (Teos, siglo VI a. C.) fue un poeta lírico, en vida se dedicó a los amores de jóvenes y mujeres, permitiéndole recopilar experiencias para luego escribir elegías, yambos y canciones báquicas en dialecto jónico. Le cantó a las Gracias, a Baco, a Eros y a las Musas. Todo esto queda plasmado con una belleza única en cada uno de sus textos líricos.
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Mauricio López hace una extensa, precisa y cuidada presentación, donde habla de los diversos mitos que rodean la biografía de Anacreonte, al mismo tiempo que presenta un análisis puntiagudo de su poética.
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Los textos se presentan en el siguiente orden: Libros I, II, III, Yambos, Elegías, Papiro de Oxyrrinco 2321 y 2322, Libros inciertos, Dudosos y Epigramas. Cada presentación va acompañada de su versión en griego.
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Una preciosa edición que nos viene a recordar que las bases de todo están en los griegos y que debes en cuando es sano regresar a ellos, pero cuando este tipo de regresos va acompañado por un docto en el tema, la satisfacción ya está asegurada.
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Hay una crítica que quizá se le puede hacer a esta edición: recae en la introducción, donde el editor explica a detalle la forma en qué se han trabajado otras ediciones alrededor de la obra de Anacreonte, pero le faltó explicar el por qué y el cómo de esta edición. Error sensible pues al ser tan detallista, este pequeño olvido crea un importante vacío.

martes, octubre 27, 2009

Notas sobre conceptualismos

Diario Milenio-México (27/10/09)
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Suele hablarse de la escritura conceptual como de un movimiento literario propio del siglo XXI. Tal vez lo sea. Lo que sí es, en todo caso, es una conversación ineludible para aquellos implicados directamente en el quehacer escritural del aquí y el ahora. De ahí la necesidad de traducir al español los jeroglíficos teóricos (así los llama la crítica Mary Nelly) que Vanessa Place y Robert Fitterman, ambos escritores norteamericanos avecinados en el sur de California, conjuntaron en un librito azul con el que se puede o no estar de acuerdo, pero que sin lugar a dudas trae a crítica colación los aspectos más recónditos y los más políticos que le competen al escritor contemporáneo. Esta es una traducción en entregas, pues, de Notas sobre conceptualismos (Ugly Duckling Presse, 2009).
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1. La escritura conceptual es alegórica
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1.a. La alegoría se caracteriza por el uso de la metáfora extendida, la personificación, los significados paralelos, y la narrativa. Las alegorías simples usan paralelismos simples; las alegorías complejas, paralelismos más profundos. Existen otros significados en el “pre-texto” alegórico, tales como las condiciones culturales dentro de las cuales se produce la alegoría. La escritura alegórica es una escritura de su tiempo, una que dice de manera oblicua lo que no puede ser dicho de directamente, por lo regular debido a regímenes políticos represores o a la naturaleza sagrada del mensaje. En este sentido, la alegoría depende del lector para completarse (aunque por lo regular tiene una superficie transparente o literal). De manera típica, la alegoría se basa en un lenguaje figurativo o lenguaje-imagen. El libro de Angus Fletcher, Allegory: The Theory of a Symbolic Mode, argumenta que su alto sentido de lo visual resulta en una stasis.
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Walter Benjamin, Paul de Man, y Stephen Barney identificaron la reificación que la alegoría hace de las palabras y los conceptos, habiéndoles dado un mayor peso ontológico a las palabras en tanto cosas.
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En la alegoría, el autor-artista utiliza un amplio abanico de posibilidades—encontradas y creadas— para hacer del mundo un collage que se haga paralelo a la nueva producción (colectiva) de objetos como mercancías.
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Las palabras son objetos.
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Nótese que la alegoría difiere del simbolismo en que el simbolismo deriva de una Idea, mientras que la alegoría construye una idea. Las imágenes coagulan alrededor de una Idea/Símbolo; pero las imágenes salen por la borda de la noción alegórica. El trabajo del trabajo es crear una mediación narrativa entre la imagen o “figura” y el significado. Goethe creía que esto quería decir que la escritura alegórica era fundamentalmente utilitaria (y por lo tanto que le pertenecía a la prosa; mientras que el simbolismo era más “poético por naturaleza”).
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Nótese el potencial para el exceso en la alegoría. Nótese la premisa del fracaso, de la impronunciabilidad, del agotamiento antes incluso del inicio.
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La escritura alegórica es necesariamente inconsistente, puesto que contiene elaboraciones, recursos, sub-metáforas, conceptos fictivos, proyecciones, y modos de hacer que se combinan y se recombinan para crear el todo alegórico, así como para también amenazar discursivamente ese todo. En este sentido, la alegoría implica el Primer Teorema de la Incomplitud de Göedel: si es consistente, es incompleto; si es completo, inconsistente.
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Toda escritura conceptual es alegórica.
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2. Nótese que las asociaciones pre-textuales asumen entendimientos post-textuales. Nótese que la narrativa puede significar una historia relatada por la escritura alegórica misma, o una historia relatada pre- o post-textualmente, acerca de la escritura misma o en la escritura misma.
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2a. La escritura conceptual media ente el objeto escrito (que bien puede o no ser el texto) y el significado del objeto al enmarcar a la escritura como un objeto-figura para ser narrado.
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La narratividad, como el placer, es subjetiva en el predicado y objetiva en la ejecución (i.e., “el objeto de estudio”). De esta manera, la escritura conceptual produce su propio objeto, el cual produce su propia desobjetificación.
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2.b. En la escritura alegórica (que incluye tanto a la escritura conceptual como a la apropiación), la prosodia va y viene entre la atención micro al lenguaje y las macro estrategias del lenguaje, i.e., el uso de fuentes materiales para contextualizar y mezclar. El énfasis se desplaza de la producción a la post-producción. Esto puede involucrar un cambio que va del material de la producción al modo de la producción, o la producción de ese modo.Si el barroco está un extremo dentro del espectro conceptual, y la apropiación pura en el otro, con la forma impura o híbrida en el centro, el énfasis puede ser visto de la siguiente manera:
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Producción Modo Material Post
Apropiación pura + +
Híbrido/impuro + + +
Barroco + +
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2c. Nota: La naturaleza alegórica de la escritura conceptual se complica aún más puesto que en mucha de la escritura alegórica la palabra escrita tiende hacia las imágenes visuales, creando así imágenes escritas u objetos, mientras que en algunas escrituras conceptuales muy miméticas (i.e., altamente replicativas) la palabra escrita es la imagen.
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Nota: No hay distinción ética o estética entre la palabra y la imagen.
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2d. Sófocles aspiraba a un lenguaje verdadero en el que las cosas fueran ontologicamente nominales. Esto es verdad tanto en la ficción como en la historia.
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Ficción queriendo decir poesía.
Poesía queriendo decir historia.
Historia queriendo decir el estado futuro del haber sido.
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Este es el trabajo de Gertrude Stein en The Making of Americans.
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2e. En su ensayo “Signos subversivos”, Hal Foster remarca que el artista de la apropiación (visual) es “un manipulador de signos más que un productor de objetos de arte, y el espectador un lector activo de mensajes en lugar de el pasivo contemplador de una estética o el consumidor de un espectáculo”.
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Nótese que el “más que” y el “en lugar de” dejan ver una cierta creencia en la segregación o posible segregación de estos conceptos; el conceptualismo entiende que éstos van unidos.
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Nótese que en el trabajo post-conceptual no hay distinción alguna entre la manipulación y la producción, objeto y signo, contemplación y consumo. La interactividad ha resultado tan banal como un crucero de Disney o tan activa como una campanita de Pavlov.

lunes, octubre 26, 2009

Páginas sin papel

Diario Milenio- México (26/10/09)
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La máquina de leer
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Llegó en un poco menos de cuarenta horas. Venía muy bien empacado, en una caja de cartón que se dejaba abrir al jalar de una tira con la frase Once upon a time… Por más que uno lo hubiera visto de perfil en las fotos, cuesta trabajo no dejarse impresionar por su grosor y peso. Menos de un centímetro, menos de trescientos gramos. Había en la pantalla un leyenda que supuse impresa en el plástico protector, hasta que conecté el aparato a la corriente y entendí, con el pasmo de un súbito idólatra, que así era la escritura sobre la pantalla. Diáfana, por decir lo menos. Sin luz detrás. Sin brillo ni reflejo. Por alguna razón, atribuible tal vez al fetichismo propio de quien tiene en las manos su primer Kindle y sospecha que nada volverá a ser igual, hice a un lado las instrucciones de papel y me fui sobre el texto digital, toda vez que no había otro libro en la memoria y nada quería más que probar la experiencia.
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Fui ajustando el tamaño de la letra y aprendiendo a exprimir el diccionario conforme me dejaba apabullar por las funciones del artefacto, hasta que resolví comprar el primer libro. Según había leído en la publicidad de amazon.com, podría bajar mi compra en no más de sesenta segundos y lanzarme a leer de inmediato, sin otra conexión que la del Kindle. Una vez que he bajado mi primer libro —dos minutos y medio, reloj en mano— descubro que hay un cargo extra por no haberlo bajado con la computadora, pero igual me consuelo calculando qué tanto habría pagado por el envío del libro físico. Qué expresión redundante: libro físico. Teóricamente, me bastaría con llamarlo libro, pero no estoy seguro de que sea lo mismo. Tampoco me acomoda la ñoñería de llamarlo e-book o libro electrónico. Es decir que me acabo de comprar un libro que no sé si es un libro, y ni siquiera acabo de asumir que es mío (la portada es horrible: plastas en gris y negro en lugar de los rojos originales). Según el contador, no he llegado siquiera al 10 % del volumen cuando me veo a merced de la maquinita, presa de alguna rara fascinación obstétrica, donde el texto se me abre como un microorganismo en un portaobjetos.
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¿Soborno del demonio?
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He comprado un archivo electrónico al que puedo manipular con la arbitrariedad y precisión que el papel no permite imaginar, donde nada está fijo y el número de folio ha sido reemplazado por una cifra de cuatro dígitos, amén del porcentaje de texto recorrido. Si quiero consultar el diccionario, no tengo más que empujar el cursor hasta el inicio de la palabra buscada. Y si he olvidado algún detalle relativo entre lo ya leído, la máquina permite rastrear cualquier palabra o una frase a lo largo del libro entero. En segundos sabré dónde y cuándo aparece esa idea. La puedo subrayar, añadirle una nota, borrarla después. Aún bajo los efectos del resquemor, me pregunto si es sano que uno como lector tenga semejante control sobre el libro que lee, pero apenas descubro que he olvidado el significado de una siglas, me apresuro a buscarlo y en un tris ya releo el primer párrafo donde esas siglas aparecieron. Dos segundos más tarde, regreso a mi lectura. Más que servirme, temo todavía, este artilugio me va a echar a perder.
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Nadie es del todo ajeno al poder corruptor de una pequeña máquina diabólica. Y he aquí que para terminar de ensimismar al tripulante, el Kindle es asimismo un reproductor de música en mp3. Sirve, por tanto, para los audiolibros. Lee, al final, todos los archivos de texto. Pues al cabo la máquina del diablo no es mucho más que un mero disco duro donde teóricamente hay espacio para unos mil quinientos libros. O menos, por supuesto, si se le cargan archivos en audio: eso mismo que antes se almacenaba en discos de vinilo negro, y hasta donde recuerdo tenía valor y precio.
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Me pregunto, no bien conecto el Kindle a la computadora y atraganto de música la carpeta indicada, si de aquí a diez años el dueño de una máquina de leer encontrará sensato comprar un libro, o asumirá que son todos gratuitos y desechables, como esos cientos de canciones que ha bajado de la computadora de quién sabe quiénes y cualquier día borrará sin haber escuchado.
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El papel del papel
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En un principio, el Kindle funcionaba solamente en Estados Unidos. A tres días de su lanzamiento internacional, amazon.com anunciaba ya un éxito en tal modo rotundo que su precio bajó de 279 dólares a 259. Para estos momentos, ya los primeros compradores recibimos, no sin algún asombro divertido, una bonificación de veinte dólares en la tarjeta de crédito. Semejante mensaje de juego limpio no será suficiente para perder el miedo a que el librito mágico se transforme en la biblioteca del pirata, pero sin duda alcanza para amistarse más y mejor con la librería.
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Escribo estas palabras a unas horas de terminar la lectura de The Killing Of Reinhard Heidrich. Más que leerlo, he peinado el libro. Fui adelante y atrás cuantas veces sentí la comezón y me rasqué cuanto me fue preciso. Fechas, nombres, operativos, batallas. Si un día quisiera consultar algún dato, me tomaría menos tiempo que un par de clicks en Google. Pienso en esta y otras ventajas evidentes, no sé si indispensables, todavía bajo el influjo de la pantalla-página con poderes digitales, pero ya abro las hojas de un libro de papel y respiro de nuevo, por más que encuentre la letra muy pequeña y el fondo amarillento. Manosear el papel me tranquiliza, pero es verdad que pronto compraré mi segundo libro electrónico, todavía bajo la vigilancia de un pelotón de suspicacias atávicas. No estoy aún seguro de hacer la misma cosa cuando leo en el Kindle que al sumergirme en un pedazo de papel, pero ya no querría renunciar a la prótesis. No sé dónde ni cómo, pero presiento que algo se acaba de romper.

viernes, octubre 23, 2009

German Dehesa sobre "Zapata" de Pedro Ángel Palou

Compasión con el diablo-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 23/10/09)

En efecto, la palabra es compasión: lo pienso cada vez que escucho el título de “Sympathy for the devil” de los Rolling Stones mal traducido como “Simpatía por el diablo”. Mick Jagger se erige en Lucifer y pide al escucha un poco de cortesía y un poco de buen gusto, un poco de buenas maneras y, sí, un poco de compasión, so pena de hacer que su alma mute por siempre en deshecho.
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Jagger ha dicho que la idea le vino a partir de la lectura de Baudelaire, si bien jamás ha acertado a decir de cuál de sus poemas. Ninguno parece particularmente afín a esa letra cuyo narrador no es sino el propio Satanás, protagonista de una parodia autobiográfica en la que se erige si no en detonador cuando menos en testigo de grandes males, de la tentación de Cristo a los asesinatos de los Kennedy. Como en casi todo el repertorio de los Stones —discúlpenme sus felices súbditos—, el discurso es de un convencionalismo moral extremo: el diablo es malo, hace cosas malas, pero merece compasión en aras de la relatividad moral de un mundo donde “todo policía es un criminal / y todos los pecadores santos”. (¿A partir de qué tal conclusión? A saber.) Mucho se esfuerzan en épater les bourgeois los enfants terribles pero, a fin de cuentas, burguesa se queda su rebelión, infantil el discurso con que la expresan; ni modo: así es el rock. Mucho más subversivas se antojan esas “Letanías de Satán” baudelairianas en que el poeta, maldita su alma, erige a Lucifer en dios alternativo y acaso comprensivo, “báculo de exilados, lumbrera de inventores / confesor de los colgados y los conspiradores”. Donde Jagger nos insta a disculpar el mal ya sólo porque todos somos malos, Baudelaire propone algo mucho más osado: el mal como ética otra, como universo alterno, como escala de valores paralela, como verdadero bien en un mundo cuya prédica bondadosa se revela sistemáticamente cruel. Donde Jagger no hace sino un chiste anárquico, Baudelaire apela a la compasión —es decir a la pasión compartida— ya no por el diablo sino con él.
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Todo esto a cuenta de Roman Polanski, ese ángel caído. Datos duros (de hecho, durísimos): el 11 de marzo de 1977, Polanski citó a Samantha Gailey, de 13 años, a una sesión de fotos; acaso le haya él suministrado champaña y quaaludes (o no), acaso se haya resistido ella a sus avances (o no); acaso fuera ella desde entonces una Lolita calculadora (o no), acaso él un corruptor de menores, un peligro para la sociedad (¡oh, no!): el caso y la cosa (dolorosa) es que hubo encuentro sexual y que ella lo denunció a la policía; el caso y la cosa (asombrosa) es que, exilio mediante, él ha logrado eludir la acción de la justicia estadounidense durante más de 30 años.
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Más datos duros: Cuchillo en el agua, Repulsión, La danza de los vampiros, El bebé de Rosemary, Chinatown, El inquilino, Frantic, Luna amarga, El pianista. Una filmografía admirable, sí, pero también una que se ajusta a la perfección a la imagen de bello y maldito que cultiva Polanski no sólo como cineasta sino también como personaje público. Traición, frigidez, histeria, secuestro, vampirismo, satanismo, incesto, suicidio, sadomasoquismo, tortura: tales son los temas fílmicos de un Polanski perseguido en su infancia por los nazis, escapado del ghetto, hijo de un sobreviviente y una víctima fatal de campos de concentración, viudo por obra y desgracia de un culto diabólico asesino.
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Sade, Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, Polanski: he ahí un linaje de poetas malditos.
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Parece un antihéroe baudelairiano, pero también, cosa curiosa, uno hitchcockiano: como el Tío Charlie de La sombra de una duda o la Marion Crane de Psicosis, Polanski es uno de esos villanos a los que queremos ver triunfar, cuya elusión de la justicia equivaldría, a saber por qué, a una suerte de reivindicación también nuestra. Su figura, marginal y malhadada, clama compasión, y los que admiramos el oscuro poder de su obra no podemos sino prestarnos al juego diabólico, padecer con él, anhelar en vano —románticos que somos— su redención. Tal, sin embargo, es un lance estético y emotivo, no uno moral y menos legal. Roman Polanski cometió un delito hace 32 años y no ha sido adecuadamente juzgado y castigado por él. Quiero verlo extraditado, por doloroso que me resulte. Debo verlo tras las rejas ya sólo para confirmar su estatuto marginal.
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Roman Polanski debe descender a los infiernos que le corresponden. Y en la barca que ha de trasladarlo por el Estigia hemos de navegar con él.

jueves, octubre 22, 2009

Máxima seguridad (Almoloya y Puente Grande)

Diario Milenio-Puebla (22/10/09)
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Como todo su trabajo periodístico, este nuevo título de Julio Scherer García, Máxima seguridad (Almoloya y Puente Grande) es desde ya un libro que hay que leer para saber qué hay más allá de los muros de los centros de readaptación de México. Cuando Revueltas trató el tema en El apando, hace ya varios años, los lectores nos quedamos con la sensación de que algo en nuestras conciencias se había modificado al escuchar las voces de los personajes que viven en el submundo.
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Así como El apando, se publicaron muchas otras obras literarias que registraban magistralmente los hechos que ocurren “más allá de los muros/ más allá de las celdas”, en la década de los setenta.
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En este título de Scherer García, una autoridad del periodismo mexicano, hablan ellos, los implicados, quienes sólo ven el sol a ratos, como lo escribiera el propio Revueltas. Máxima seguridad (Almoloya y Puente Grande) ha aparecido en la colección best-sellers de Ediciones de Bolsillo. Se une entonces a las investigaciones de José Ramón Garmabella El "Güero" Téllez, reportero de policía y El criminólogo, ambas editadas dentro de esta importante colección.
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Me interesa destacar aquí que las voces que reúne Julio Scherer García en este volumen son variadas y todas ellas únicas, diferentes. El libro no tiene ninguna presentación ni nada parecido, y el lector va logrando adentrarse a esas voces haciéndolas suyas poco a poco.
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No falta, sin embargo, una breve explicación de Julio Scherer acerca de su preferencia en la elección del tema. Lo explica: "me propongo –dice—entrevistar a los internos con fines estrictamente periodísticos". Explica también que fueron arduas las gestiones que tuvo que realizar con Alejandro Gertz Manero, entonces secretario de Seguridad en el sexenio de Vicente Fox.
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Máxima seguridad contiene entrevistas con personajes que ilustran las páginas de la violencia cotidiana: Zulema (así, Zulema), la mujer que supo los secretos de Joaquín "el Chapo" Guzmán Loera; Daniel Arizmendi, "el Mochaorejas", temible secuestrador de sangre helada; Mario Villanueva, exgobernador de Quintana Roo, acusado de narcotráfico; y Mario Aburto, el asesino confeso de Luis Donaldo Colosio, entre otros.
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El libro de Julio Scherer García se inscribe ya en la historia del buen periodismo mexicano. A través de sus entrevistas, Julio Scherer han logrado que hablen para todos quienes han llevado una vida muy ejemplar.

miércoles, octubre 21, 2009

"De la ternura y la crueldad"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 21/10/09)

Bajo la colección Mar abierto de la editorial oaxaqueña Almadía, aparece la nueva novela de Jorge Volpi: “Oscuro bosque oscuro”.
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Esta nueva entrega de Volpi, aunque pertenece a un tema ya tocado por él: el nazismo, es novedosa y muy atractiva, pues ha sido escrita en verso libre e incluye versiones de los cuentos clásicos infantiles de los hermanos Grimm como: “Caperucita roja y el lobo feroz”, “Hansel y Gretel”.
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“Oscuro bosque oscuro” es la historia del batallón 303 de la policía alemana integrada por gente que en su día a día realiza oficios comunes: panaderos, sastres, artesanos, en su mayoría ancianos. Y es este batallón el que se encarga de asesinar en los bosques alemanes a mujeres y niños judíos.
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En una entrevista que aparece publicada en la página web: la cultura pirata. El autor de “A pesar del oscuro silencio” comenta que para escribir esta novela se baso en la historia real del batallón 101 de la policía alemana, donde reclutaban a personas comunes en contra de su voluntad. En cuanto a la inclusión de los cuentos infantiles de los hermanos Grimm, Volpi argumenta que mientras investigaba todo lo que necesitaba para poder escribir “En busca de Klingsor”, se percató que en esos años de la guerra nazi, dichos escritores eran lectura obligada en las escuelas alemanas.
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Otra novedad y experimento literario que se agrega a esta novela es la interacción que el autor busca hacia con el lector, que además de volverlo personaje -sin preguntarle-, lo cuestiona. El fin: buscar la reacción de éste ante lo que está leyendo e intente ponerse en el lugar de aquellos que participaron en el batallón 101.
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“Oscuro bosque oscuro” es la clara muestra de que Volpi -como todos los autores del Crack-, no tiene miedo a correr riesgos y a experimentar en el amplio campo de la literatura. Sale bien librado. También es claro que Volpi tiene un poeta interno que a gritos pide ser leído y escuchado.
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Una novela que se lee muy rápido, gracias a las características con las cuales el autor ha escrito la obra y que cualquier lector que se acerque a la novela, la tomará para no soltarla hasta llegar al punto final.